Según el diccionario, un parásito es un organismo que vive a costa de otro -casi siempre de distinta especie-, se alimenta de él y gracias a él; y mientras tanto, lo debilita y lo empobrece. Pero sin matarlo jamás.
Una elite de parásitos
¿Por qué todo el país tiene que padecer el ajuste mientras los senadores aumentan su sueldo 400%? Simple: por la distancia abismal que separa al Congreso de la realidad
Es decir: lo vive. Y por eso mismo, lo necesita.
31 veces entra un salario mínimo argentino en el sueldo de un senador de la Nación. Sueldo que esta semana quisieron volver a aumentarse. Eso significa que lo que se llevan por mes algunos de los que están leyendo esta columna es 30 veces menos que lo que se lleva por mes uno de estos becados por la política. Personas que además tienen viáticos, viajes gratis, regalos y la posibilidad de montar verdaderas “pymes” de asesores con dinero público. Algunos viven así durante décadas.
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Como si fuera poco, todo eso ocurre en un país donde la mitad de la gente es pobre. Donde la canasta básica, lo elemental, lo más paupérrimo en el arco de la capacidad de compra, equivale a más de tres sueldos. O sea, esto ocurre en un país donde el piso, el suelo mismo, es inalcanzable para muchos. Lo inalcanzable es el piso.
Mirá qué abismal es esta diferencia. Esto es lo que cobran, comparados con salarios mínimos y en dólares, los senadores de otros países.
Aún en la Argentina del ajuste “más brutal de la historia” (según el propio Milei), estos hombres y mujeres no sólo no se ajustaron en nada, sino que, por el contrario, viven cada vez mejor: sus ingresos se incrementaron 400% desde enero hasta ahora.
400 % más cobran. En siete meses su plata se abultó inexplicablemente. Y si la inflación fue acumulada en ese tiempo fue del 90% (87% para ser más precisos), ¿por qué se aumentan el sueldo cuatro veces, cuando nadie en la Argentina tiene esos mismos privilegios? ¿Por qué lo hacen? ¿Lo explicaron alguna vez? ¿Lo explicarán?
La respuesta es simple y te va a doler: porque pueden. Y porque no les da vergüenza hacerlo.
Aunque el recorte del gasto público en el último año está estimado en 22 billones y medio de pesos, nada de esa motosierra increíble le tocó el bolsillo a estos privilegiados. Al contrario; ganan mejor que antes, mientras muchísimos la pasan cada vez peor. Los que sí pagan las consecuencias son los jubilados, las universidades, los docentes que perdieron el FONID y ven frenados sus salarios, las obras sociales, con una financiación casi imposible por la misma merma salarial; los comerciantes que laburan más para intentar mantener las ventas; la obra pública, y nosotros mismos, con los 130 mil a 150 mil argentinos que en algún momento de estos meses debieron decirles a sus familias que los habían despedido del trabajo.
Entonces todos nosotros sí, pero el problema a ellos no los toca. ¿Tiene sentido? Insisto: ¿tiene explicación?
Como no la tiene, uno se pregunta lo mismo de siempre, lo mismo de toda la vida: ¿No somos nosotros mismos los que les pagamos esa fiesta dionisíaca en que han convertido sus vidas? ¿No lo tienen gracias a nuestros impuestos a ese pasar de dandies intocables por la realidad? ¿No lo reciben, justamente, gracias a nuestro sacrificio durante este momento tan duro?
¿Por qué pagamos sólo nosotros entonces?
Una vez Javier Milei dijo -o así lo cuentan distintos artículos- que la educación tenía que ser financiada “con tanta cantidad de dinero como la sociedad decidiera” (quizás usó otras palabras). Es decir, no con impuestos, que según él se le sacan a la gente a punta de pistola, sino que cada argentino dijera si quería poner cinco pesos, diez millones o si no quería poner nada para fondear escuelas y universidades públicas. Y que tras ese ejercicio plenamente voluntario y no coercitivo, la plata alcanzara para lo que alcanzara. Así, punto.
Fue cuando todavía hablaba de vouchers educativos, algo de lo que después Milei pareció olvidarse, como se olvidó de tantas otras cosas que decía y hacía antes de ser presidente y que mucha gente creyó. Y claro, probablemente sea lo mejor que se haya olvidado, porque la idea asoma como absurda. Sin embargo, el recuerdo nos lleva a preguntarnos: ¿y si ese fondeo tan voluntario que él quería para educación fuese real, pero esta vez para bancar senadores? ¿Para decidir cuánta plata se les paga y cómo financiamos sus envidiables beneficios?
Si vos que estás leyendo esto, por ejemplo, tuvieras que poner plata voluntariamente de tu bolsillo para pagarles la vida que llevan, como contrapartida del servicio que te dan en el Congreso. ¿Cuánto pondrías? ¿Cuánto les darías de tu esfuerzo por el trabajo que hacen?
¿Lograríamos juntar los cientos de miles de millones que nos cuestan ellos, sus asesores, sus viajes, el pibe que los filma y sus community managers? ¿Cobrarían los nueve palos que querían llevarse? ¿Se sacarían los ojos como se los sacan para estar ahí si ganaran mucha menos plata?
Imagino que no.
Pero quédense tranquilos, muchachos, porque eso no va a pasar. La casta está más viva que nunca en la Argentina. Es más: ¡cobra mejor que antes!
En el gobierno del político "anticasta", en el gobierno del diputado que donaba su sueldo todos los meses (¿te acordás?), y en el gobierno de quien en marzo dijo: “Reduciremos la cantidad de contratos de diputados y senadores. Ha sido una práctica común que armen pymes de 40 asesores, dilapidando nuestros recursos”, en esa Argentina, no ha cambiado nada.
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Los que manejan todo siguen siendo los mismos.Y los giles eternamente postergados también siguen siendo los mismos. Unos cobran 8 palos. Los otros no saben si mañana les va a alcanzar para comprar una garrafa de mierda.
Victoria Villarruel llamó a sesión en el Senado para discutir este tema. Para que cada uno dé su parecer sobre qué tiene que pasar con el tema de sus salarios. Dijo que el encuentro serviría para “terminar con las sobreactuaciones que parasitan la política” (de ahí el nombre de esta columna). Y algo de razón tiene, porque la propuesta de verlos ahí sentados defendiendo lo que cobran es muy interesante.
Podremos, por lo menos, ver si se animan a decirnos en la cara que su laburo vale tantas veces más que el que hizo toda su vida un jubilado, que el que hace un municipal, un médico o un profesor.
Veremos si se animan a decirnos que son 31 veces más valiosos que otros argentinos.




