Cada día, marcados en el calendario Santoral, se conmemora la vida y muerte de seres, hombres y mujeres, que dedicaron su existencia a la iglesia católica, misma que les valió el nombramiento. Hoy, se conmemora al Santo San Vicente Ferrer.
Cada día, marcados en el calendario Santoral, se conmemora la vida y muerte de seres, hombres y mujeres, que dedicaron su existencia a la iglesia católica, misma que les valió el nombramiento. Hoy, se conmemora al Santo San Vicente Ferrer.
Para llevar consigo el nombre de "Santos" un individuo debía tener buenas acciones, sacrificios mortales y sucesos divinos, donde gracias a ello fueron beatificados y canonizados por el Vaticano. A raíz de eso, el Santoral recuerda cada día a cada una de esas personas.
San Vicente Ferrer nació en 1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy pequeñito una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los pobres. Repartió limosnas, ayudaba a los más necesitados y hacía mortificaciones para recordar la Pasión de Cristo y a la Virgen Santísima.
Vicente estaba muy angustiado porque la Iglesia Católica estaba dividida entre dos Papas y había muchísima desunión. De tanto afán se enfermó y estuvo a punto de morir. Pero una noche se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán, y le dio la orden de dedicarse a predicar por ciudades, pueblos, campos y países. Y Vicente recuperó inmediatamente su salud
Luego de 30 años, Vicente recorre el norte de España y el sur de Francia, el norte de Italia y Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales. Las multitudes se apiñaban para escucharle, donde quiera que él llegaba. Tenía que predicar en campos abiertos porque las gentes no cabían en los templos.
Antes de predicar rezaba por cinco o más horas para pedir a Dios la eficacia de la palabra y conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. A él lo que le interesaba no era lucirse, sino convertir a los pecadores. Y su predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes que hasta se oían gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios.